El verano de 2023 no se olvida fácilmente. Termómetros rotos, embalses a medio vaciar y la certeza —ya sin matices— de que el cambio climático no es un escenario lejano, sino algo que vivimos cada agosto. Con ese telón de fondo, un dato debería hacernos levantar la vista: las búsquedas de destinos más frescos se dispararon un 237 % este verano.
¿Una moda pasajera o el principio de otra forma de viajar? Yo lo veo más bien como una rendija. La gente busca alivio térmico, de acuerdo, pero esa misma búsqueda se puede convertir en una palanca para hacer las cosas de otra manera.
Los pronósticos apuntan a que 2026 será de los años más calurosos que se hayan medido nunca. Con ese horizonte por delante, las *coolcations* —vacaciones allí donde aprieta menos el sol— han dejado de ser una curiosidad para instalarse como tendencia. Y lo interesante no es la huida en sí, sino lo que somos capaces de colgar de ella.
Porque escapar del calor también puede ser la excusa para reconectar con el entorno, dejar dinero donde de verdad hace falta y empujar prácticas que cuiden el territorio en lugar de exprimirlo. Cataluña, con la cantidad de microclimas y paisajes que caben en apenas unos kilómetros, tiene mucho que decir aquí. No hablamos de fabricar alternativas a las playas saturadas: hablamos de diseñar experiencias que dejen el sitio mejor de como lo encontraron.
Lo que dicen los datos:
Hoy el área metropolitana de Barcelona , donde hoy se gestionan refugios climáticos para mitigar los efectos de las altas temperaturas del verano, marcó 15,1 °C;. Los Pirineos catalanes, 7,6 °C. La calidad del aire era idéntica en las dos zonas —un AQI de 134—, y aun así la experiencia no tiene nada que ver. A todo ello se suma algo que la investigación lleva tiempo confirmando: pasar horas en la naturaleza baja el estrés y le sienta bien a la cabeza. Normal, ¿verdad? Solo pensar en alguna plaza de una urbe sin árboles ya me sube la temperatura.
Planificar con el clima, no solo medir la huella de carbono

Para que las coolcations sean algo más que un reclamo de marketing, hace falta planificación de verdad: una que mire los riesgos concretos de cada territorio y que siente a las comunidades locales en la mesa donde se toman las decisiones, se tiene que debatir públicamente sobre el clima, ver riesgos… y soluciones.
Un estudio reciente insiste en este punto. Los destinos que prosperan son los que identifican y afrontan sus riesgos climáticos antes de que estos golpeen la inversión, la conectividad y los costes. Eso significa preguntarse cosas incómodas: ¿aguantarán las infraestructuras turísticas?, ¿habrá agua suficiente?, ¿qué pierde la biodiversidad por el camino? Algunas son preguntas incómodas, lo sé, pero no vale esconderlas o ignorarlas.
Escocia lleva tiempo respondiendo a esas preguntas con un plan de acción climática a escala local: menos emisiones, más resiliencia y un turismo que no se come a sí mismo. No es un modelo a calcar, pero sí una buena pista de por dónde se empieza. Más pistas.
La UNESCO como faro para el turismo regenerativo
Los espacios designados por la UNESCO ofrecen un terreno casi ideal para casar conservación y desarrollo. Hablamos de paisajes muy distintos entre sí —sitios de Patrimonio Mundial, reservas de la biosfera, geoparques—, todos reconocidos por algo que merece la pena cuidar.
Las cifras dan vértigo: más de 2.260 lugares designados, repartidos por más de 13 millones de kilómetros cuadrados, que sostienen a unos 900 millones de personas. Son la prueba, repetida durante siglos, de que las comunidades y la naturaleza pueden crecer y adaptarse a la vez en lugar de a costa la una de la otra.
Lo que los hace valiosos no es solo su belleza, sino cómo se gestionan. Me atrevo a decir que las dos cosas, belleza y gestión tienen mucho que ver. Cuando una comunidad participa de verdad en el turismo de su zona —y los beneficios vuelven a la conservación en lugar de evaporarse— ese turismo deja de ser una amenaza y pasa a ser parte de la solución.
La métrica que casi nadie mide: El bienestar de la comunidad

El turismo regenerativo no se agota en recortar emisiones. Su verdadera prueba está en lo que deja atrás: una economía local más sólida, una cultura que sigue viva, una calidad de vida que mejora.
Ahí aparece una métrica que rara vez se cuenta: el bienestar comunitario. ¿El turismo mejora la salud, la educación, la vivienda y el acceso a servicios de la gente que vive en el destino? ¿Refuerza su identidad o la diluye? ¿Le da capacidad de decidir sobre su propio territorio? Estas son las preguntas que deberían guiar cualquier política turística que se tome en serio a sí misma.
Regenebike, por ejemplo, mide el impacto de sus rutas en la economía de cada comarca: cuánto ingreso se queda en el territorio, cuánto apoyo reciben las cooperativas, cuántos empleos dignos se crean. Y se fija también en la gobernanza, porque sin voz y voto de las comunidades, el resto se queda en buenas intenciones.
En el fondo, la acción climática en turismo no va solo de emitir menos CO₂. Va de cambiar el modelo: apostar por un enfoque regenerativo que sume tanto para el entorno como para quienes lo habitan.
Empieza esta semana: averigua qué organizaciones de tu comarca trabajan en restauración ecológica y mira cómo echarles una mano, con tu tiempo o con tus recursos. Cada ayuda cuenta, cada acción cuenta.
El calor aprieta. Pero la oportunidad de actuar aprieta todavía más.

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